martes, 3 de junio de 2008

En el principio,

El nacer humano conlleva el tener un principio y un fin, y para no pecar de soberbia o de se ser un semidiós del Holimpo, uno nace y muere en los confines de esta realidad inmediata que nos ha tocado vivir.

Yo nací en el seno de una familia española por el año 1963. La familia era como todas las de la época franquista de su tiempo. Y se sabe que en España todos somos hidalgos y estamos corrompidos por lo que muchos de nosotros hemos llamado Ciencia Infusa, —esto es un cóctel de deliciosos efluvios y manías villanas que a golpe de badajo y rezumando altos niveles de una falsa intelectualidad nos convierte a todos los españolators de a pie en "distinguidos "catedráticos de Oxford o de Cambridge, por el simple hecho de ser españoles.

En España, uno oye por doquier eso de "usted no sabe quién soy yo?" —es el mal español—.

Lo dicho nací en el seno de una familia villano-urbana española en Madrid. Todos sus miembros estaban cargados de ancestrales complejos y delirios de grandeza aún en un entorno de clase media, más bien bajo-medio,. Mis padres casi nunca estaban en casa y yo me crié con mi abuelos.

Mi abuela, hasta cierto punto era la típica mujer ama de casa que le gustaba controlar el nido y ambito familiar. Para ella el mundo exterior al hogar familiar era un negro espacio en el tiempo y en el raciocinio humano dónde tan solo podían ocurrir desgracias e infortunios.

Ante tal cosmos me crié sin un respaldo paterno. Sin nadie a quién poder reclinarme para poder descubrir el mundo poco a poco. Una soledad Negra y viscosa que impregnaba todas las celulas de mi ser hasta su más hondo enclave.

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